Él,Quién Es Suficiente

 

En la universidad, mi hermana mayor, Bárbara, trabajaba después de clases en una farmacia de la vecindad. Cuando llegó el momento de que yo buscara trabajo, me sugirió que presentara mi solicitud en la misma farmacia. Me pasé horas redactando un currículum, intentando que mi experiencia como niñera pareciera importante, además de destacar mis calificaciones y recabar referencias de mis amigas. 

 

Ese día, después de la escuela, entré nerviosa, ensayando respuestas a preguntas típicas de entrevista, memorizando mis puntos fuertes y haciendo que mis puntos débiles parecieran más bien oportunidades. Pero cuando me acerqué al mostrador y pedí hablar con el dueño, él me echó un vistazo, se fijó en el parecido familiar y dijo: “Oye, tú debes de ser la hermana de Bárbara; ella me dijo que pasarías por aquí hoy. ¡Tienes el trabajo!” Ni siquiera miraron mi currículum. Mis calificaciones no importaban, y mis referencias eran irrelevantes. La buena labor de mi hermana y sus buenas palabras a mi favor fueron suficientes.

 

De manera similar, Dios nos acoge en Su familia a través de la fe en la obra redentora de Jesucristo. No hay nada que podamos hacer para ganarnos el amor, el favor, la gracia o la salvación de Dios. Es a través de la buena obra de Jesús y de Sus buenas palabras a nuestro favor cómo somos salvados. Cuando nos arrepentimos y ponemos nuestra fe en Jesucristo, Dios nos mira y ve la justicia de Su Hijo, no nuestras buenas obras ni nuestros errores, y dice: “Oye, tú debes de ser amigo de Jesús. ¡Bienvenido a la familia!”

 

 

La mentira del legalismo

 

Pero ahí es donde acaba la analogía. Cuando conseguí el trabajo en la farmacia, el nombre de mi hermana no bastaba para que me quedara con el. No podía llegar tarde al trabajo y limitarme a decir que era la hermana de Bárbara. Se esperaba de mí que llevará el uniforme, fuera quien fuera mi hermana. Tenía un horario estricto y unos requisitos laborales que, con el tiempo, me hicieron ganarme el derecho a mantener mi puesto allí.

 

Por desgracia, muchas de nosotras crecemos viendo nuestra salvación y nuestra relación con Dios como si fuera un trabajo. Nos ganamos el puesto demostrando nuestra importancia y nuestro valor mediante currículos detallados, experiencia previa y habilidades relevantes. Luego, conservamos el puesto siguiéndonos ganando el favor de nuestro jefe.

 

El legalismo no es sólo la creencia de que podemos ganarnos inicialmente el favor de Dios o la salvación, sino que también tenemos que mantenerlo. Aunque hayamos aceptado que nuestra salvación viene sólo de Jesús, podemos caer fácilmente en la mentira de que Jesús nos abrió la puerta, pero que depende de nosotras mantener nuestra posición de favor.

 

Si queremos seguir contando con la gracia de Dios y mantener nuestro lugar en Su familia, hay ciertos “requisitos laborales”. Quizá se trate de vestir de cierta manera o de cumplir horarios estrictos de estudio bíblico y oración. También podrían ser afiliaciones políticas o hacer voluntariado en organizaciones concretas.

 

 

Cómo ver correctamente nuestras buenas obras

 

Los versículos de hoy en Colosenses me recuerdan que, cuando Pablo anima a los creyentes a que no dejen que nadie los juzgue, ese “nadie” me incluye a mí también. Pablo nos anima a no agobiarnos con las expectativas extra-bíblicas de los demás o de nosotras mismas. También nos anima a no caer en una falsa sensación de logro, creyendo que hemos aumentado el favor de Dios hacia nosotras por algo que hayamos hecho.

 

Nuestras buenas obras no deben hacerse por el deseo de ganarnos algo, sino por el deseo de adorar a Dios. Nuestras buenas obras no deben darnos orgullo, sino gratitud por el hecho de que Dios nos invite a formar parte de Su obra en el mundo. Jesús, El que era, El que es y El que ha de venir, es El único que fue suficiente, es suficiente y siempre será suficiente para nosotras.

 

Andrea Lopez

 

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