Esperanza para hoy y para siempre

 

¿Dónde buscas tu esperanza? Cuando llegan las pruebas de la vida, cuando las tormentas de la duda y el temor consumen tu mente, o cuando las tristezas y el peso del mundo abruman tu corazón, ¿A quien acudes? ¿En qué fijas tu mirada? ¿Dónde depositas tu esperanza?

 

 

Cuando atravesamos los desiertos y los valles de la vida, podemos sentirnos sin esperanza. Nuestra mente puede ser sacudida de un lado a otro por las preocupaciones causadas por circunstancias que están fuera de nuestro control. Si eres como yo, quizá luches y te esfuerces por resolver las cosas según tu propio entendimiento. A veces tratando de manipular las circunstancias, otras veces luchando contra ellas, y otras sintiéndote aplastada por la impotencia en medio de todo lo que sucede.

 

¿Dónde está nuestra esperanza?

 

Anhelamos tener un fundamento firme y una mente que pueda descansar. Pero ¿cómo llegamos a ese lugar? La respuesta es tan sencilla como tomar una sola decisión y, al mismo tiempo, tan profunda como un cambio en el ámbito eterno. Es esta: debemos decidir dónde está depositada nuestra esperanza.

 

Quizá digas: «Eso es obvio». «Es fácil y sencillo». Y sí, lo es. Pero, al mismo tiempo, ¡cuánto nos cuesta! Nuestra naturaleza se inclina hacia la rebelión. El salmista nos dice:

 

 

«Todos se desviaron, a una se han corrompido;

no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno». 

Salmos 14:3

 

Apartados de la gracia de Dios por medio de Jesucristo, quedamos sin esperanza y esclavizados al pecado.

 

Y fue precisamente en medio de este caos donde entró Jesucristo. Él dejó el cielo para encontrarse con nosotros en nuestra debilidad y acompañarnos en medio de la tormenta. No es un Dios distante que nos deja sufrir y luchar solos. No. Él vino personalmente y con un propósito: derramar su santa sangre por nosotros. Vino a nosotros, seres finitos, para reconciliarnos consigo mismo, el Dios infinito.

 

No existe manera de comprender plenamente esta realidad. Aunque no podemos conocer a Jesús en toda su infinitud, sí podemos conocerlo verdaderamente. Dios nos ha revelado en su Palabra exactamente lo que necesitamos saber. Ahora tenemos la oportunidad de maravillarnos y meditar en las profundidades de las riquezas de quien es Cristo.

 

Puede resultar fácil leer estas palabras y creer que son verdaderas. Pero ¿comprendemos realmente lo que significan? ¿Alcanzamos a dimensionar la supremacía de Cristo?. La Palabra declara acerca de Jesús:

 

 

«Porque en él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.  Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten».
— Colosenses 1:16–17

 

 

 TODAS LAS COSAS fueron creadas en Él.
TODAS LAS COSAS fueron creadas por medio de Él.
TODAS LAS COSAS fueron creadas para Él.
TODAS LAS COSAS subsisten en Él.

 

 

Léelo nuevamente y permite que esta verdad penetre profundamente en tu corazón.

 

 

 

Esperanza solamente en Cristo

 

Nuestra vida está formada, en gran medida, por las relaciones y las situaciones que enfrentamos cada día. Por eso, nuestra atención suele estar determinada por cómo marchan esas relaciones y circunstancias. Un diagnóstico de cáncer, un matrimonio difícil, un hijo que se ha apartado del camino, una amistad que nos hiere o un familiar perdido pueden afectarnos profundamente. ¿Cómo no habrían de hacerlo?

 

Pero para quienes estamos en Cristo, la pregunta es: ¿permitiremos que esas circunstancias dirijan nuestra vida? ¿Qué lleva el timón de nuestra vida: las cosas temporales o el Señor Jesús, quien sostiene todas las cosas?

 

Debemos recordar que Jesucristo es la piedra angular de TODA la creación. Sin importar las circunstancias en las que nos encontremos, nada queda fuera de su conocimiento soberano ni de su control.

 

Las palabras de Pablo en Colosenses 1 nos recuerdan que nuestro Dios es infinitamente más grande que cualquier situación que podamos experimentar aquí en la tierra. Nuestro tiempo aquí es solamente un momento. Para quienes están en Cristo existe una esperanza gloriosa: la eternidad con Él.

 

Por eso, pongamos nuestra mirada en Jesús y permanezcamos en la fe, cimentadas y firmes. Como escribe Pablo:

 

 

«Si en verdad permanecen fundados y firmes en la fe, y sin moverse de la esperanza del evangelio que han oído». — Colosenses 1:23

 

 

No permitamos que las olas de las circunstancias y del temor nos lleven de un lado a otro. Depositemos nuestra esperanza solamente en Cristo. No existe fundamento más estable. No existe esperanza más segura. Él, y solamente Él, es digno de nuestra confianza, desde la eternidad y hasta la eternidad.

 

Melinda Choi

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