
La carta de Pablo a la iglesia de Colosas está llena de advertencias contra las peligrosas enseñanzas que se estaban difundiendo, incluyendo la minimización del papel de Cristo y el menosprecio de la nueva condición de creyente “en Cristo”. Dedica todo el libro a animarlos a buscar la madurez cristiana a través de su fe e identidad.
Dado que este será el tema central, es comprensible que comience la carta reconociendo la fe que ya habían demostrado. Pablo se tomó un momento para reconocer la fe de la iglesia y el amor mutuo que seguía creciendo a medida que crecían en Cristo.
Lo importante es el porqué de su creciente fe en Cristo Jesús y su amor por los demás. No es porque se sientan bien, no es algo que se hayan ganado, ni es el resultado de que un grupo de personas sea igual en todo. No, es “por la esperanza que les está reservada en el cielo” (1:5).
La iglesia de Colosas vivía en comunión con Cristo y entre sí porque tenían una esperanza inquebrantable en lo invisible. Como comunidad, sabían que este mundo no era su hogar. Anhelaban la eternidad, pero también buscaban transformar el mundo en el que ya vivían para que se pareciera más al diseño original de Dios. Esta perspectiva tuvo un profundo impacto en su forma de vivir, y Pablo la destaca para animarlos a perseverar.
La esperanza que tenía la iglesia, y que nosotros también podemos comprender, no se debía a su madurez espiritual, sino a su pertenencia a Cristo. Esto se manifiesta en el resto del libro al leer el aliento de Pablo para que recuerden su identidad.
En el capítulo 1, versículos 3 al 8, Pablo los anima a mantenerse firmes en su esperanza mientras viven en comunidad y dan fruto. Este aspecto comunitario es esencial para convertirnos en una familia espiritual, pero también física y práctica. Lo vemos en acciones como acompañar a alguien en momentos difíciles o cambios importantes en la vida, o en iniciativas como compartir comidas o llevar a otros a sus citas.
Estos actos —y muchos otros no mencionados— son evidencia de una iglesia fiel a Cristo y con una perspectiva eterna. Consideran el cuidado y el amor mutuo como parte esencial de su anhelo por ver el reino de Dios aquí y ahora.
Todo lo que Pablo dice a la iglesia de Colosas nos anima y nos interpela profundamente. Al escuchar y recibir la Palabra de verdad, que nos impulse a vivir vidas fieles a Cristo y llenas de amor por nuestros hermanos y hermanas. Y que sea cierto que nuestro propósito sea el mismo: la esperanza que hemos acumulado en el cielo.
También debemos usar estas verdades para mantenernos alerta. Si, o mejor dicho, cuando no amamos a nuestros hermanos y hermanas o experimentamos falta de fe en Cristo, será una clara señal de advertencia de que nuestros ojos y corazones no están puestos en la esperanza del cielo. Correremos el riesgo de caer en la complacencia y, como los colosenses, de dejar de lado a Cristo como el centro de nuestras vidas.
Tal como nos recuerda 1 Juan 3:1-3, somos hijos de Dios, por lo que tenemos la esperanza de que un día seremos como Cristo, al reconocerlo tal como es. No esperamos ese día pasivamente, sino que lo buscamos aquí y ahora, anhelando que venga su Reino. Tenemos la esperanza de ver a Cristo y madurar en Él, lo cual debe impulsarnos a esforzarnos por vivir esa realidad aquí y ahora.
Claire Marshall





