
Tengo una hija de un año y, con frecuencia, siento que cada día implica la misma lección sobre la obediencia. Como su madre, deseo profundamente que sea una niña obediente, que respete y siga mis instrucciones. Sin embargo, ese deseo también me genera cierta tensión mientras procuro enseñarle. No quiero que haga estas cosas para complacerme, sino porque me ama y desea obedecer mis palabras.
El amor de Dios por sus hijos es igual en esencia, aunque perfecto, a diferencia del mío. Él desea la obediencia de aquellos hijos que lo aman. Pero no solo la desea, sino que la espera, porque sabe que un amor por Dios correctamente dirigido dará como resultado la obediencia a Él.
La Palabra de Dios capacita nuestro amor y nuestra obediencia
Hemos conocido el amor del Padre por nosotros a través de Jesús, el Hijo, quien vino a nosotros (Juan 14:18). Por medio del Espíritu Santo, podemos conocer y experimentar ese amor, el cual nos impulsa a amar a Dios. Juan 14 nos muestra que, por su gracia, Dios nos ha capacitado para vivir una vida de obediencia y devoción a Él, sin depender de nuestras propias fuerzas o capacidades. Se nos ha dado la Palabra de Dios (Juan 14:21), que nos revela el corazón y la voluntad de Dios.
Su Palabra, escrita para nosotros, nos da la sabiduría para discernir lo que Él requiere de nuestra vida. También contamos con el Espíritu Santo (Juan 14:16–17), quien nos ayuda a comprender las Escrituras y, al mismo tiempo, nos convence, corrige y guía mientras procuramos caminar conforme a la voluntad de Dios. Si amamos a Dios, guardaremos sus mandamientos. Y podemos hacerlo gracias a los recursos que Él mismo nos ha dado para caminar con Él.
Alineando nuestra vida con su Palabra
Este amor que se expresa en obediencia también es una muestra de la bondad de Dios hacia nosotros, pues nos ayuda a permanecer en el camino al que nos ha llamado. Mientras avanzamos en nuestra vida cristiana, podemos considerar nuestro deseo de honrar a Dios y obedecerle como un reflejo del amor que sentimos por Él.
Si nos resulta difícil honrar a Dios y obedecer su Palabra, es probable que algo más haya ocupado el lugar que le corresponde en nuestro corazón. Tal vez estemos deseando otras cosas más que al Señor. Sin embargo, una vez más, por medio de su Palabra y de su Espíritu, podemos volver al amor que le tenemos.
No solo es correcto vivir de esta manera, sino que la obediencia también trae consigo grandes bendiciones. Estas bendiciones no son una recompensa por obedecer los mandamientos de Dios, sino el resultado natural de una vida dedicada a Él y a su Palabra. Experimentamos la plenitud de Dios al vivir en armonía con su voluntad. Además, otras personas son bendecidas por medio de nuestra vida cuando caminamos conforme a su Palabra, y así Dios recibe toda la gloria.
Vivir de una manera que trae bendición
Creo que mi hija vivirá una vida plena y bendecida al obedecer las enseñanzas que ha recibido. Como resultado, su manera de vivir también será de bendición para los demás. Esto no se debe a que reciba una recompensa por su obediencia, sino a que vive de una forma que produce bendición.
La verdad de este pasaje es una buena noticia para quienes creemos en Cristo, pero también constituye un testimonio para nuestros amigos y familiares que aún no lo conocen. Cuando ellos vean una vida entregada a los caminos del Señor, podrán reconocer dónde está nuestro amor y nuestra devoción. Dios usa ese testimonio, por medio de la obra de su Espíritu Santo, para atraer a los no creyentes hacia Él al observar nuestra manera de vivir.
Claire Marshall





