Ser Como Cristo Es La Meta 

 

Durante los primeros años de mi camino con Cristo, mi vida estaba manchada de moralismo y de sentirme superior. Cuando tenía dieciocho años, una chica de mi grupo de hermandad me habló del Evangelio y empecé a entender lo que significaba entregarle a Jesús el control total de mi vida.

 

Había aceptado a Cristo cuando era pequeña, pero la mayor parte de mi vida llevé una doble vida. Para algunos, era la estudiante perfecta, cristiana, con logros sobresalientes y alumna estrella en clase. Y para otros, era el alma de la fiesta, que se dejaba llevar fácilmente por las influencias de mi entorno. Así que, cuando mi amiga me habló sobre el Evangelio en la universidad, sentí como si se me abrieran los ojos a una nueva forma de vida.

 

Enseguida me involucré en un ministerio universitario donde aprendí mucho sobre cómo permanecer con Jesús. La vida de fiesta que había estado llevando en secreto se transformó radicalmente de la noche a la mañana. Mis deseos cambiaron y quería entregarme por completo a Jesús. Déjame detenerme aquí y decir: “¡Alabado sea Dios!” Es solo gracias a Su gracia que hoy continuó permaneciendo en Él. Pero quiero darte un vistazo tras las cortinas. Esos primeros años de caminar con Jesús en la universidad fueron increíbles, pero yo seguía ocultándome. Las apariencias y el perfeccionismo, con los que había luchado toda mi vida se manifestaron de una forma nueva.

 

Seguía queriendo que me vieran como la “buena chica cristiana”. Me motivaban los puestos de liderazgo en mi ministerio universitario, el número de chicas con las que podía compartir el evangelio y llevar a Cristo, y que me vieran como la amiga sabia que sabía todas las respuestas. En el fondo, luchaba profundamente contra el orgullo. Me elogiaban por mis dones, mi madurez y mi liderazgo. Esto hizo que no descubriera lo que realmente pasaba en mi corazón hasta años más tarde.

 

 

Buscar mi identidad en otras cosas

 

El pasaje de hoy habla de vivir una vida nueva en Jesús, en lugar de una religión que uno se inventa. Uno de los problemas de esto es que fomenta la confianza en uno mismo en lugar de en Cristo. Si veo hacia atrás, hacia esos primeros años en los que caminaba con Jesús, me doy cuenta de que me dediqué mucho a promocionarme a mí misma. Quería que se me reconociera por mis dones y que me ascendieran por mi rectitud. Aunque mi identidad estaba asegurada en Cristo, mi corazón seguía intentando encontrarla en otras cosas.

 

Cuando tenía 24 años, me mudé a otra ciudad para hacer una especialidad en una iglesia. Dejé un trabajo en el ministerio, a las chicas con las que había compartido el evangelio y a las que había discipulado, y la vida espiritual que me había creado. En aquel momento no me di cuenta, pero este cambio fue otro ejemplo de la gracia de Dios en mi vida. Él me quería demasiado como para dejarme quedarme en mi orgullo.

 

En esta nueva ciudad y en esta nueva iglesia, nadie me conocía. Claro, me habían aceptado en el programa de especialidad y tenía compañeros a mi lado. Pero nadie me conocía. Y lo mejor de todo: nadie quería que actuara para ellos. Durante varios meses, mi papel en este programa consistió en sentarme a estudiar la Palabra de Dios, observar y escuchar en las reuniones del ministerio, y dejar que otros del ministerio se ocuparan de mí. A las pocas semanas de empezar el programa, sentí que estaba haciendo algo mal. Sentía que no estaba haciendo lo suficiente.

 

Nadie me pedía que apilara sillas después de un gran evento. Nadie me pedía que formara a un grupo de chicas jóvenes. Nadie me pedía que hiciera tareas administrativas. Y mi identidad se vio sacudida. Aunque esas cosas pueden ser buenas por sí mismas, yo había estado buscando en ellas una sensación de plenitud, en lugar de buscarla en Cristo. Pensaba que Dios necesitaba que yo llevara a cabo el ministerio por Él.

 

 

Reposar mi identidad en Cristo

 

Una de las lecciones más importantes que he aprendido en mi vida la aprendí ese año. Como tengo una nueva vida en Cristo, soy libre para vivir como hija de Dios. Él se complace en mí. Me aprecia. Y, a veces, tendremos la oportunidad de colaborar con Él en los ministerios. Ese año, empecé a creer que mi identidad estaba asegurada únicamente en Cristo. Se acabó el esforzarme. Se acabó el querer lograrlo todo. Se acabó el tener que rendir. La obra de Cristo en la cruz me declaró justa en Él.

 

Si lo puedes imaginar, he tenido que volver a aprender muchas cosas en mi camino con Dios desde que me reveló esa lección. He aprendido que la piedad es el reflejo de un corazón humilde, no aparentar estar “sin pecado” por fuera. He aprendido que sigo luchando contra los pecados, y que siempre lo haré en este lado de la eternidad (Romanos 7). He aprendido que la perfección no es la meta, sino parecernos a Cristo. ¿Y sabes qué? Sigo aprendiendo.

 

Ya no me pongo plazos de tiempo en concreto en cuanto a crecimiento ni para alcanzar una meta determinada. Dios es quien santifica nuestros corazones. Tal y como hemos aprendido en el pasaje de hoy, si estamos sentadas con Cristo, centrémonos en las cosas de arriba. Estoy convencida de que, al mirar a Jesús como nuestro Perfeccionador, nuestros corazones se transformarán por completo para parecernos más a Él.

 

Si sientes que estás luchando contra la presión por rendir o el perfeccionismo en tu vida cristiana hoy en día, no estás sola. Te animo a dar el primer paso admitiendo ante el Señor cuál es el estado de tu corazón. Compártelo con una amiga creyente en quien confíes. Plantéate buscar un ministerio de recuperación centrado en Cristo cerca de ti. Eres más amada de lo que jamás llegarás a saber por un Dios que pensó en ti antes del principio de los tiempos.

 

Jayci Williams

 

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