Invitadas a Permanecer en Él

¿Puedes pensar en alguna persona que Dios haya puesto en tu vida y con te resulte muy  fácil pasar un largo tiempo? Cuando estás con ella, no sientes urgencia por hacer algo diferente,  ni esa silenciosa presión de pensar en tu lista de pendientes; simplemente tienes un deseo de quedarte. Aprecias a esa persona no solo por lo que te ofrece, sino por quien es. Su sola presencia se siente como un regalo.

 

Para mí, una de esas personas es mi abuela. Ella tiene un amor profundo, fuerte y creciente por Jesús; un amor que ha sido cultivado durante décadas de caminar y confiar en Él en cada temporada de su vida. Debido a esto, la luz de Cristo parece irradiar de ella de una manera tan natural que estar a su lado se siente como sentarse en un lugar cálido y acogedor. En mi familia soy conocida por que puedo pasar horas haciéndole preguntas acerca de su vida. A veces incluso grabo nuestras conversaciones para poder volver a escuchar su sabiduría más adelante. 

 

 

La Plenitud de Dios habitando en el Hijo

 

Hay algo en su presencia que me hace querer permanecer. No simplemente visitarla o quedarme en la superficie, sino quedarme, escuchar y absorber cada porción de sabiduría que comparte conmigo. Esto me hace pensar de una manera más profunda en la palabra «habitar». Habitar transmite la idea de algo mucho más estable que pasajero. No es apresurado ni temporal, sino arraigado y permanente.

 

Aunque es hermoso pensar en las personas y los lugares donde nos gusta permanecer, estas reflexiones nos conducen hacia una realidad mucho más importante. Por mucho que valore el tiempo con mi abuela, no podría decir que verdaderamente habito con ella. En algún momento tengo que salir de su casa o terminar nuestra llamada telefónica. Aun nuestros momentos más dulces en esta tierra son, por naturaleza, temporales.

 

Pero con Cristo no es así.

 

¡Qué maravilloso es considerar que la plenitud de Dios no simplemente visita a Cristo por un momento! Por el contrario, habita permanentemente en Él, el mismo Salvador a quien nosotros tenemos acceso constante.

 

Precisamente hacia esta verdad Colosenses 1 nos invita a levantar nuestra mirada. En Colosenses 1:15–19, Pablo nos presenta una visión majestuosa de Jesús: Él es la imagen del Dios invisible, aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, visibles e invisibles. Él es antes de todas las cosas, todas las cosas subsisten en Él, y Él es la cabeza de la iglesia, teniendo la preeminencia en todo.

 

Y entonces llegamos al punto culminante de este pasaje:

 

«Por cuanto agradó al Padre que en él habitara toda plenitud».
Colosenses 1:19 

 

 

Esto no es una exageración poética, sino una verdad que sostiene todo lo que creemos acerca de Cristo. La palabra «habitar» enfatiza permanencia y nos revela que Jesús no fue Dios solamente por un momento, sino que es plena y eternamente Dios.

 

La riqueza de esta expresión es casi imposible de agotar. La palabra plenitud habla de algo completo, donde no falta absolutamente nada. Cada atributo y cada perfección de Dios están plenamente presentes en Cristo.

 

 

Permaneciendo en Cristo

 

Esta verdad se conecta maravillosamente con Juan 15. Jesús nos invita a una relación que no es distante, sino profundamente cercana y unida a Él:

 

«Permanezcan en mí, y yo en ustedes».
 Juan 15:4

 

Aquel en quien habita toda la plenitud de Dios es el mismo que nos invita a permanecer en Él. Gracias a Jesús, en cada momento y con cada respiración de nuestra vida tenemos la posibilidad de relacionarnos con la plenitud misma de Dios.

 

Todos sabemos cómo luce una planta que ha sido bien cuidada. Sus hojas están llenas de vida porque ha recibido agua, ha sido podada y atendida. Pero también hemos visto lo contrario: una planta descuidada, con la tierra seca y las hojas marchitas. No es porque no hubiera vida disponible, sino porque no estaba conectada con la fuente que necesitaba.

 

No es casualidad que Dios haya escogido la imagen de una vid que produce fruto para ilustrar nuestra relación con Él. Jesús dijo:

 

«Yo soy la vid, ustedes los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer».
Juan 15:5

 

Dios conoce nuestro corazón y nuestra mente, y sabe qué necesitamos algo tangible que nos ayude a comprender la profundidad de aquello a lo que nos está invitando. Mediante esta imagen, nos ayuda a entender que permanecer en Él no es algo abstracto ni opcional, sino esencial. Es el medio por el cual se sostienen la verdadera vida, el crecimiento y el fruto espiritual.

 

Si soy sincera, he experimentado ambas temporadas. Puedo mirar hacia atrás, a mis años de adolescencia antes de haber rendido completamente mi corazón a Cristo, y recordar con cuánta facilidad las distracciones y la confianza en mí misma me alejaban. Mi alma quedaba seca e inquieta. No era que Cristo se hubiera alejado; era que yo todavía no había aprendido a permanecer.

 

Sin embargo, por su gracia, ahora conozco la riqueza de una vida vivida cerca de Él. Permanecer en su presencia se ha convertido en mi gozo más profundo, y mi alma recibe un alimento que jamás podría producir por mis propias fuerzas. Por eso Colosenses 1:19 es tan extraordinariamente significativo. Aquel en quien somos invitadas a permanecer no tiene ninguna limitación.

 

No estamos recibiendo de una fuente parcial o incompleta. Estamos recibiendo de Aquel en quien agradó que habitara toda la plenitud de Dios, completa y sin medida.

 

 

Regresa y permanece

 

Para nosotras, como mujeres que deseamos amar a Dios cada día más profundamente, esta verdad alimenta tanto nuestro amor por Él como nuestro deseo de buscarlo. No tenemos que esforzarnos tratando de encontrar «más de Dios» en algún otro lugar, ni preguntarnos si Él está reteniendo algo de nosotros.

 

En Cristo tenemos acceso a la plenitud de Dios y somos invitadas a permanecer en Él. Por eso, cuando abres tu Biblia, te estás encontrando con Aquel en quien habita toda plenitud. Cuando oras, estás entrando en comunión con la plenitud de Dios. Cuando te sientes cansada, vacía o espiritualmente seca, la invitación no es a esforzarte más para demostrar algo, sino simplemente a: regresar y permanecer.

 

Y qué tierno y maravilloso es recordar que esta invitación no proviene solamente de nuestro deseo de acercarnos a Él. Dios no está distante ni renuente a recibirnos. Él desea profundamente tener comunión con nosotras. Se deleita en acercarnos a Él y hacer morada en nuestro corazón.

 

Aquel que posee toda la plenitud no se está reservando a sí mismo, sino que amorosamente nos invita a conocerlo más profundamente, una y otra vez, mientras permanecemos en Él.

 

Toma un momento y vuelve a leer lentamente el versículo 19. Permite que el peso y la belleza de estas palabras penetren en tu corazón mientras consideras lo que significa haber sido invitada a permanecer en esta plenitud perfecta que satisface el alma:

 

 

«Por cuanto agradó al Padre que en él habitara toda plenitud».
Colosenses 1:19

 

 

Gracias a Dios, la plenitud no es algo que tú o yo tengamos que perseguir desesperadamente. La plenitud se encuentra en una Persona: JesucristoEn Él habita toda la plenitud de Dios. Y en Él tú eres invitada a permanecer.

 

Palmer Whiston

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