
Soy pésima en el juego de las dos verdades y una mentira. En este juego, le dices a un grupo de personas dos verdades sobre ti y una mentira, y tienen que adivinar cuál es cuál. Me pasa que siempre invento una mentira demasiado obvia o demasiado sutil.
Aquí, en Lucas, vemos a una joven adolescente que se encuentra con un ángel. El ángel le trae las palabras que la Biblia entera había estado esperando: ¡el Salvador estaba llegando! Además de eso, María sería quien llevaría al Mesías en su vientre y lo traería al mundo. Si yo hubiera estado en la situación de María, estoy segura de que todo lo que contara —que había visto a un ángel, que me habían dicho que gozaba del favor de Dios y que daría a luz al Mesías— se habría tomado por una mentira. Honestamente, incluso a mí me costaría creer lo que había visto y lo que me habían dicho.
Pero María no vaciló. Obedeció plenamente cuando el ángel le habló, en Lucas 1:26-38. ¿Por qué fue capaz de hacerlo? María conocía el carácter de Dios. Sabía que se podía confiar en Él y que era digno de su devoción y obediencia. La respuesta de María es un ejemplo digno de imitar al reflexionar sobre cómo se manifiesta la obediencia incondicional en nuestras propias vidas.
La fidelidad de María
Aunque no sabemos mucho sobre la vida de María hasta ese momento, sabemos que María pasaba sus días confiando fielmente en Dios. Fue gracias a su firme fidelidad que María pudo confiar en las palabras del ángel cuando este le habló. Una cosa es que se le apareciera un ángel. Otra muy distinta es que esta fuera una de las primeras veces en 400 años que Dios se dirigía a Su pueblo. No se dirigió a la nobleza. No llegó con pompa ni al son de trompetas. Se presentó ante una humilde jovencita en la desconocida localidad de Belén. Era virgen. Estaba comprometida. Era pobre. Y era ella a quien Dios había elegido para ser la madre del Mesías.
Pon atención en lo que dice el ángel: «¡Saludos, colmada de gracia! El Señor está contigo!». María había hallado gracia ante Dios. ¿Por qué? Porque María había sido fiel. Amaba a Dios. Caminaba con Dios. Al examinar las Escrituras y a quienes se menciona que gozaban del favor de Dios, vemos personas cuyos corazones aman a Dios. Viven con integridad y fidelidad. Esto era cierto en el caso de María.
Dios no la eligió porque fuera la más bella, la más rica o la más perfecta.
María simplemente se entregó a Dios con generosidad.
Vivir una vida de obediencia comienza con la fidelidad. Es vivir con la certeza de que Dios es quien dice ser. Sus caminos son los mejores. Todo aquello a lo que te llama es bueno y digno de aceptar. ¿Está tu vida marcada por la fidelidad? ¿En qué te está llamando Dios a confiarle?
La humildad de María
El siguiente aspecto de la obediencia que aprendemos de María es la humildad. Cuando el ángel se le apareció, ella no respondió con arrogancia ni pensando: «Claro, por supuesto que soy yo. Me lo merezco». Por el contrario, María se preguntó por qué Dios la habría elegido a ella.
En el pasaje se dice que María «quedó perpleja» (Lucas 1:29). Esto no significa que estuviera angustiada o preocupada, sino que estaba sorprendida y confundida de que un ángel de Dios se le apareciera a una mujer, y especialmente a ella. Cuando el ángel le hizo la gran promesa de que el Mesías tan esperado nacería a través de ella, preguntó cómo sería posible, puesto que era virgen. En todas sus respuestas, vemos a una jovencita que comprende quién es ella y quién es Dios. No minimizó su situación por falsa humildad ni exageró su importancia. Escuchó. Preguntó cómo Dios podía obrar ese milagro. Y confió.
Ser un humilde siervo de Cristo es una de las características de los creyentes. Sabemos que todo lo que tenemos es por gracia. Por lo tanto, vivimos en respuesta al derramamiento de ese amor y gracia. Nos llena de gozo decir “sí” a Dios cuando nos llama a la obediencia.
Ser obediente a Dios no es simplemente decir “sí” cuando es algo que nos entusiasma hacer o que creemos que nos corresponde. Es decir “sí” a todo aquello a lo que Dios nos llama, sabiendo que Él es quien nos guiará.
La determinación de María
Lo último que aprendemos del ejemplo de María es su determinación. Fíjense en lo que dice María en el versículo 38: «Yo soy la sierva del Señor. Hágase en mí lo que has dicho». María respondió con firmeza e inmediatamente en obediencia. No respondió diciendo: «Bueno, quizá. Déjame pensarlo». Ni: «No sé si eso es algo que quiera hacer». Ni «¿Sabes qué? Voy a orar al respecto. Necesito que Dios me lo deje muy claro». María no dio ninguna de esas respuestas. Simplemente se puso a disposición del Señor.
Ser obediente a Dios es algo que podemos hacer sin temor, pues sabemos que podemos confiar en todo lo que Dios nos pide. Aunque en el momento no tenga sentido, sabemos que Dios nos guiará y nos mostrará Su voluntad, ya sea ahora o en el futuro. Al aceptar la declaración del ángel, María se exponía al ridículo, al rechazo e incluso a la muerte. Sin embargo, María sabía que no debía desaprovechar tal honor.
Cuando Dios te llama a algo nuevo, ¿cuál es tu primera reacción? La mayoría de las veces, nuestras primeras reacciones reflejan el estado de nuestro corazón. Si hay algo en tu interior que te haga dudar o confiar en Dios, llévaselo a Él. No se sorprenderá ni se enojará. Él desea mostrarte Su amorosa protección y su fidelidad.
La obediencia es una oportunidad para adorar a Dios confiando en Él y siguiéndole. La obediencia de María es un ejemplo del que podemos aprender y que debemos seguir, sabiendo que servimos al mismo Dios.
Emily Hope
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SEMANA 6 – DESAFÍO
Jesús es nuestro ejemplo supremo de obediencia, ya que es ahí donde se encuentra la vida verdadera. Estamos llamados a compartir el evangelio y nuestras historias con los demás. Escribe tu testimonio para compartirlo con otros en dos, cinco o diez minutos.





