La debilidad como cualidad

 

No hay nada como lanzarse a algo nuevo para darte cuenta de tus propias limitaciones.

 

Recuerdo que cuando me ascendieron por primera vez a directora de comunicación, estaba emocionada, pero también abrumada. Me puse en modo perfeccionista. Mis jornadas eran interminables. Los correos electrónicos no cesaban, e intentaba asegurarme de que no se me pasara ni un solo detalle por alto. Quería estar a la altura de las expectativas de todo el mundo.

 

Y entonces di el salto y convertí mi trabajo secundario como fotógrafa en una empresa de marketing  llamada Layered Collective. Ya no era solo una vía de expresión creativa. Iba a ser mi trabajo a tiempo completo. Sin red de seguridad. Sin jefe que me asignara tareas. Solo yo, mis habilidades y mucho miedo. Estaba emocionada, pero también me preguntaba constantemente: «¿Estoy realmente hecha para esto? ¿Tengo realmente lo que es necesario?».

 

Entonces llegó la maternidad.

 

Aunque siempre me encuentro con momentos en los que me siento incapaz, este último recuerdo destaca especialmente. Cuando mi hija tuvo su primer virus estomacal, llamaba por teléfono a mi madre (por suerte, una enfermera jubilada) casi cada hora. Llamaba a la línea de atención de la enfermería del pediatra a diario, preguntando si estaba haciendo lo correcto. Buscaba los síntomas en Google y me cuestionaba todo. Mi hija era pequeña y estaba enferma, y yo solo quería hacerlo bien. Pero me sentía incapaz. Estaba desbordada y sentía que necesitaba que alguien más capaz interviniera y se hiciera cargo.

 

Fue ahí cuando pensé en Moisés.

 

 

El peso de una vocación

 

Cuando nos encontramos con Moisés en Éxodo 3, ya no es el príncipe seguro de sí mismo de Egipto. Es un pastor en Madián, olvidado por el faraón, alejado de Israel y abatido por el fracaso. Es precisamente en este momento de mayor desánimo, tras cuarenta años de una vida tranquila en el desierto, cuando Dios se le aparece en una zarza ardiente y le llama a algo grandioso. Dios le dice: «Te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, los israelitas».

 

¿Cuál fue la respuesta inmediata de Moisés? «¿Quién soy yo para ir?»

 

Nos identificamos con Moisés no por la grandeza de la tarea, sino por el temor de no estar a la altura. Moisés conocía su pasado. Sabía de sus fracasos. Sabía lo poco que podía hacer frente al imperio más poderoso de la tierra. Y, sin embargo, Dios no le dio a Moisés un plan de cinco pasos ni le aseguró que estaba capacitado para ello. Le hizo una promesa: «Yo estaré contigo».

 

Ese es el punto de inflexión. Moisés no necesitaba ser suficiente porque Dios ya lo era.

 

 

Santidad y vacilación

 

Es fácil olvidar lo sagrado que fue ese momento. Dios le dice a Moisés que se quite las sandalias porque está pisando tierra santa. Aquí hay asombro, temor y reverencia. No se trata de un discurso motivador de una deidad distante. Se trata de Yahvé, el Dios que ve, oye y conoce el sufrimiento de su pueblo, llamando a un hombre quebrantado a su misión divina.

 

¿Y qué utiliza como señal? Una zarza que arde pero no se consume. Es una poderosa imagen de Israel en la aflicción, rodeado de fuego pero sin ser destruido. Al reflexionar sobre esta imagen de Israel, nos damos cuenta de que también es una imagen de nosotros hoy en día, llamados a cosas difíciles, refinados por el fuego, pero sin ser consumidos cuando Dios está con nosotros.

 

Dios no elimina el miedo de Moisés. Lo reconoce y lo reorienta, no hacia la confianza en sí mismo, sino hacia la dependencia. «Ciertamente estaré contigo». Su presencia es la única garantía que Moisés necesita.

 

 

El poder en la debilidad

 

Avanzamos varios siglos y Pablo escribe sobre la debilidad de una manera que se hace eco del temor de Moisés. En 2 Corintios 12, habla de una «espina en la carne»: una experiencia dolorosa y humillante que Dios no quería quitarle. Pablo le suplica a Dios que se la quite, pero el Señor le respondió: «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad».

 

Vivimos en un mundo que valora la confianza, las credenciales y el carisma. Pero el Reino de Dios funciona según una economía diferente. Es una economía en la que la fuerza de Dios se revela no en nuestra superioridad, sino en nuestra rendición.

 

Pablo no se limita a aceptar la debilidad. Se jacta de ella porque sabe que abre espacio para algo mejor. Demuestra el poder de Cristo que descansa sobre él.

 

Esa palabra griega que significa «descansar» (ἐπισκηνόω) significa literalmente «montar una tienda de campaña sobre algo», «habitar» o «morar». El poder de Dios no solo nos ayuda en nuestra debilidad. Nos cubre, nos rodea y hace de nosotros su hogar.

 

Quizás eso es lo que Dios está haciendo también en tu vida.

Quizás precisamente aquello que te hace sentir que no estás a la altura sea la puerta de entrada a una intimidad más profunda con Dios. Quizás el agotamiento, las dudas y la incertidumbre no te descalifiquen, sino que te purifiquen.

 

La maternidad sigue poniéndome cara a cara con esto. Deseo tanto hacerlo bien. Quiero proteger, cuidar, proveer, enseñar y formar. Quiero hacerlo todo. Pero la mayoría de los días, me siento más como Moisés de lo que me gustaría admitir, y estoy aprendiendo que eso está bien.

 

Dios no desprecia nuestra insuficiencia. Él nos encuentra en ella. Nos llama desde ella. Y nos promete: «Yo estaré contigo».

 

No cuando por fin lo tengamos todo bajo control. No cuando nos sintamos fuertes. No una vez que hayamos leído todos los libros, obtenido los títulos adecuados o descubierto el equilibrio perfecto entre el trabajo y la vida personal.

 

Ahora mismo.

Aquí mismo.

En el arbusto

En las espina.

En el caos.

Él está con nosotros.

 

Así que si hoy te sientes incapaz, ya sea como líder, padre, cónyuge, amigo o simplemente como seguidor de Jesús, no te desanimes.

Nunca se pretendió que lo hicieras por tu cuenta.

 

Su gracia es suficiente. Su poder se perfecciona en tu debilidad.

Y Su presencia es toda la preparación que necesitas.

 

Ashley Trail

 

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