
Soy de las que siempre quiere complacer a los demás. Se siente como una batalla de toda la vida para muchas personas, incluyéndome. Mi lucha por complacer a las personas comenzó tan temprano como cuando aprendí a caminar y a hablar.
Soy de un pequeño pueblo en el medio oeste, donde todos conocen los asuntos de todos. Y para agradar a los demás, tienes que actuar, hablar y vestirte de cierta manera. Aprendí a adaptar la manera en que actuo para agradar a diferentes grupos de personas.
Como joven adulta, empecé a darme cuenta que no sabía quién era. Después de tantos años adaptándome a los demás para caerles bien, perdí mi propio sentido de identidad. Cuando amigas me preguntaban mi opinión acerca de algo, y yo no tenía ni idea de qué decir. “¿Qué sería lo correcto para decir para seguir manteniendo esta relación? Era el pensamiento que rondaba mi cabeza antes de contestar. Era paralizante para mi tomar una decisión en grupo. No quería dar mi opinión porque pensaba que le agradaría más a los demás si yo era una chica que solo se dejaba llevar.
Lo que aprendí con el tiempo es que mis amigas deseaban conocerme. No la versión de mi que se parecía a los demás, si no la verdadera yo.
Parte de mi lucha con complacer a las personas fue también el miedo a la autoridad. Deseaba desesperadamente que aquellos que ejercen autoridad sobre mi me tuvieran en alta estima. Creo que esto es algo con lo que todas podemos luchar en cierta medida. Colosenses 3:22-4-1 habla acerca de que los siervos deben obedecer a sus amos, no para complacer a los demás sino por el temor al Señor.
Hace como un año, me di cuenta que mi miedo hacia el hombre estaba reemplazando mi miedo por el Señor. Tenía un mes en un nuevo trabajo en el ministerio, y mi mundo sentía desmoronarse. Se me pidió que dijera verdades incómodas a otros, y ellos no respondían bien, (es decir no podía ganarme su aprobación.) Tenía miedo de decir algo incorrecto pero también miedo de decir lo correcto. Volvía a estar en un estado de parálisis y no sabía cómo avanzar.
Después de compartir con algunas amigas y de recibir su sabiduría, me recordaron mi identidad en Cristo. Dios nos ha creado a cada una de nosotras únicas y desea que seamos nosotras mismas con total libertad. La única manera en la que Él puede transformar nuestros corazones es si nos rendimos a Su amor. Creo que al temer al Señor, nos rendimos a Su amor.
Temer a Dios no significa actuar por miedo a Él, sino reconocer su carácter santo y actuar con reverencia hacia Él. Este pasaje de Colosenses reconoce que tenemos una herencia como recompensa. La recompensa no consiste en que las autoridades nos aprueben o en que caigamos bien a nuestros compañeros. Más bien, nuestro Padre Celestial nos amó tanto que envió a su Hijo a morir por nosotras, y podremos vivir con Él para siempre.
No se si complacer a los demás o el miedo a los hombre continuará surgiendo en diferentes maneras a través de mi vida. Pero lo que puedo decir confiadamente es que hay más libertad en temer al Señor que a los hombres. Piensalo. El Creador del Universo te creó a ti y se complace en utilizar exactamente allí donde te ha puesto.
Sigamos adelante obedeciendo a nuestros líderes, trabajando duro y sirviendo a Cristo, mientras tememos al Señor en todo lo que hacemos.
Jayci Williams





