
No me gusta el conflicto. Prefiero asumir la culpa, soportar palabras duras o dejar de lado mis sentimientos para evitar enfrentarme a alguien. Reconozco que esta no es una respuesta sana.
Las Escrituras nos llaman a participar en la resolución bíblica de conflictos (Romanos 12:18; Mateo 18; Mateo 5:23-24; Colosenses 3:12-13). En un mundo que parece preferir gritarse, culpar a los demás y aferrarse al odio en lugar de dialogar civilizadamente y buscar la comprensión mutua, puede parecer casi imposible intentar vivir de manera diferente. Sin embargo, gracias a la gran resolución de conflictos que representa la muerte expiatoria de Cristo por los pecados, podemos y tenemos la capacidad de intervenir sabiamente en los conflictos para intentar enmendar las cosas.
Nuestra reconciliación con Cristo
A los creyentes se nos ha perdonado una gran deuda: una que le costó la vida a Jesús. Si dependiéramos solo de nosotros mismos, seríamos enemigos de Dios. No hay nada que podamos hacer para expiar nuestro pecado, y este nos separa eternamente de Dios.
Por eso Jesús vino a la tierra como Dios y hombre a la vez. Vivió la vida que nosotros no podíamos vivir en perfecta obediencia a Dios Padre. Tomó sobre sí el castigo que tú y yo merecíamos por nuestra rebeldía, muriendo en la cruz. Su resurrección nos asegura la victoria y la reconciliación con Dios.
Cuando prácticamente huíamos de Dios, Jesús nos buscó. Sin importar los pecados que hayamos cometido, ya sea por voluntad propia o por omisión, Jesús promete que podemos reconciliarnos simplemente acercándonos a Él con fe.
Romanos 10:9-10 nos dice: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación».
Que comprendamos plenamente la profundidad del perdón de nuestros pecados, nos ayuda a mantener las faltas que cometemos y las que cometen los demás en una perspectiva eterna. Hemos recibido mucho perdón, y debemos perdonar a los demás a su vez.
Nuestra reconciliación con los demás
Para algunos, la idea de perdonar o resolver un conflicto con esa persona suena imposible. Quizás pienses: «No tienes idea de lo que me hicieron». A eso, te diría que lamento mucho que te hayan herido de esa manera.
La fragilidad de este mundo es dolorosa y dificulta las relaciones. Ese no es el deseo de Dios para Su pueblo. Te recuerdo que perdonar no es excusar el pecado ni confiar en alguien de inmediato. Es entregarle el dolor a Dios y dejar la justicia en Sus manos.
Resolver un conflicto no siempre es fácil, especialmente cuando la otra parte no está en la disposición más racional o amorosa. Sin embargo, sigue siendo nuestra responsabilidad como creyentes hacer lo posible por buscar la reconciliación.
No nos corresponde a nosotras cambiar corazones; esa es la obra del Espíritu Santo. No tenemos la garantía de que la resolución de conflictos salga bien, pero sí tenemos la promesa de que no estaremos solas en medio de ella. ¿Pero cómo lo hacemos?
Los pasos de la reconciliación
Para determinar si es necesaria la resolución de un conflicto, podemos hacernos algunas preguntas:
- ¿Estoy en conflicto?
- ¿Puedo ignorarlo?
- ¿Qué responsabilidad tengo?
- ¿Cómo puedo buscar la reconciliación?
Primero, debemos averiguar si realmente estamos en conflicto. A veces, la respuesta es un rotundo sí. Otras veces, puede ser difícil determinarlo. Si te encuentras evitando a alguien, hablando mal de él o ella con otros, o si has roto la confianza con esa persona, lo más probable es que haya un conflicto que deba abordarse.
La siguiente pregunta es si la ofensa se puede pasar por alto. No todos los conflictos requieren atención (Proverbios 19:11). Pero evitar el conflicto no es lo mismo que hacer las paces. A veces, nos conviene pasar por alto un error, que alguien tenga un mal día o incluso aceptar la situación tal como es y seguir adelante. Sin embargo, hay otras ocasiones en que un conflicto o una ofensa sí deben abordarse. Si una persona ha hecho algo que claramente va en contra de Dios o que perjudica a otros o a sí misma, entonces es necesario abordarlo.
La tercera parte es, sinceramente, una de las más difíciles de la resolución de conflictos. Debemos determinar qué responsabilidad tenemos en un conflicto, ya sea grande o pequeña. Es muy útil iniciar una conversación para pedir perdón por nuestro papel en el conflicto, en lugar de esperar a que la otra persona asuma toda la responsabilidad.
Nuestro orgullo nos lleva a pensar que no hemos hecho nada malo y que la culpa es completamente de la otra persona. Puede que sea así en ocasiones. Pero lo más probable es que tú también hayas contribuido al conflicto.
Finalmente, debes decidir cómo vas a iniciar la reconciliación. Ya sea que la situación requiera una simple disculpa, una conversación larga para comprender la perspectiva de la otra persona o una carta para enmendar el error, Dios se siente honrado cuando buscamos la reconciliación.
Antes de iniciar la conversación, ora. Ora por tu propio corazón y por el de la otra persona. Pídele a Dios que te ayude a escuchar y a ser humilde durante la conversación. Pídele que te ayude a mantener la calma y a confiar en Él respecto al resultado.
Una vez que inicies la conversación, comienza con una disculpa. Haz preguntas para comprender mejor la perspectiva de la otra persona. Es muy probable que haya más cosas sucediendo con esa persona de las que sabes. Pide perdón por tu parte en la situación. Luego, acepta las consecuencias.
La esperanza es que la relación pueda restaurarse por completo y que sea un testimonio de la bondad y la obra del Señor en la vida de ambos. Sin embargo, puede que la relación nunca vuelva a ser la misma. Repito, no es tu responsabilidad cambiar los corazones. También puede ser una situación en la que la confianza se construye con el tiempo.
Lo más importante es recordar que has hecho tu parte para buscar la reconciliación. Si la situación requiere más conversación, siempre puedes pedir la intervención de un tercero para que ayude a mediar.
No tenemos que evitar el conflicto. Podemos actuar con sabiduría al relacionarnos con los demás, buscando la paz y manteniéndola (Mateo 5:9). El Espíritu Santo está contigo y te guiará en todo momento.
Emily Hope





