Mientras escribo el artículo del blog de hoy, solo faltan cuatro días para Navidad. Sé que para quienes leen este artículo hoy, probablemente no sea época navideña. Puede que donde estés haga sol y calor, o que llueva y haya humedad. Hoy, imagina conmigo durante unos minutos que estamos compartiendo una taza de chocolate caliente, envueltas en mantas acogedoras, sentadas junto al árbol de Navidad y leyendo sobre el tan esperado nacimiento de nuestro Salvador.
El Cielo Descendió al Tabernáculo
A menudo pienso en cómo debió de ser para los israelitas haber esperado tanto tiempo al Mesías prometido. Durante cientos de años, se aferraron a la promesa que se había transmitido de generación en generación. Tras el castigo y el exilio por haberse alejado del Señor, tras sus repetidas infidelidades hacia su Dios, tras tantos años de silencio, ¿Vendría Dios realmente a morar con ellos?
Al leer los versículos de hoy, sentí una curiosidad similar a la que debió de sentir esta joven nación israelita tras terminar el tabernáculo. Me pregunto si les preocupaba no haber hecho lo suficiente o si se preguntaban con ansiedad si habían completado todo lo que se les había pedido.
Despues de cientos de años de esclavitud en Egipto, despues de su milagroso rescate y las quejas posteriores, despues del tiempo que Moisés pasó en el monte Sinaí mientras ellos se postraban ante una estatua de oro que habían fabricado con sus propias manos. ¿Vendría Dios realmente a morar con ellos tal y como prometió cuando les encargó la construcción del tabernáculo (Éxodo 25:8)?
Sí. Con sus propios ojos pudieron ver a Dios cumplir físicamente su promesa. ¡Su gloria llenó el tabernáculo!
Y ahora nos queda preguntarnos… ¿Qué hizo el pueblo cuando la nube descendió sobre el tabernáculo? ¿Hubo cantos de alegría como cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Jesús a los pastores? ¿Meditaron en silencio sobre el significado de la fidelidad de Dios al cumplir sus promesas, como lo hizo María? ¿Fue su adoración y veneración como la de los Reyes Magos? No podemos estar seguras. Lo que se nos dice es que la presencia de Dios se convirtió en una guía para ellos. Al menos por un tiempo, siguieron obedientemente su guía.
El Cielo Descendió en la Persona de Jesús
Pero el hecho de que Dios habitará con su pueblo no tenía como único propósito servirles de guía o indicarles cuándo partir y cuándo acampar. Cuando la gloria del Señor llenaba el tabernáculo, también lo hacían su amor, su santidad, su misericordia, su gracia y su poder. Todo el peso de quién era Dios habitaba ahora entre su pueblo. El cielo descendió a la tierra. ¡Qué hermosa muestra del amor de Dios por su pueblo! Y la gloria de Dios que llenaba el tabernáculo era solo una imagen de la morada que estaba por venir.
Conocemos el resto de la historia de los israelitas. Una y otra vez, a pesar de la promesa de Dios de estar con ellos, se apartan y se alejan de su bondad. Hasta que un día, encontramos a su pueblo una vez más esperando la venida de Cristo Jesús. Y una vez más, su Dios fiel cumple su promesa.
El Hijo de Dios abandonaría su hogar. Cambiaría un trono en el cielo por un pesebre en un establo maloliente, tomando el nombre de Emanuel, Dios con nosotros, para mostrar su profundo amor por su pueblo.
El Cielo ha Llegado en la Persona del Espíritu Santo
El cielo descendió a la tierra. Solo que esta vez, Dios sabía que había llegado el momento de hacer que ese paso fuera definitivo. Jesús habló del Consolador, el Espíritu de Dios, que vendría a morar para siempre en el interior de los hijos de Dios. Ya no habría necesidad de un tabernáculo ni de un templo. El pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo, se convertiría en la morada del Señor.
Y ahora, queridas hermanas, si hemos puesto nuestra fe y confianza en Jesucristo, si nos hemos arrepentido de nuestra infidelidad y le hemos seguido con obediencia, estamos llenas de la presencia y la gloria de Dios a través de Su Espíritu. Su amor, santidad, misericordia, gracia y poder nos están transformando juntas desde dentro para convertirnos en Su morada perfecta (1 Corintios 6:19).
No somos el tabernáculo del que leemos en Éxodo. No estamos construidas con metales preciosos ni madera especial. No tenemos que lavarnos en cuencos elegantes. No tenemos nombres grabados en nuestras paredes ni tiras especiales en nuestros delantales. Y no estamos esperando ansiosamente, conteniendo la respiración para que la presencia del Señor nos llene, preguntándonos si hemos hecho lo suficiente.
Amigas, si hemos elegido seguir a Jesús como nuestro Señor y Salvador, ya estamos llenas del poder de Su Espíritu Santo. Jesús vino a la tierra y habitó entre nosotras, y ahora las creyentes somos el tabernáculo del Espíritu Santo. Cada día podemos despertarnos con confianza, sabiendo de quién es el hogar que somos y quién mora en nuestro interior.
¿Y cuál es nuestra respuesta a esta hermosa verdad? Cantos alegres, meditación en silencio y postrarnos de rodillas en adoración, porque, como proclama uno de nuestros himnos navideños favoritos: “Gozo al mundo, el Señor ha venido”. Su espíritu habita en nosotras.
Andrea López





