Un Momento Memorable

 

Hace unos años, experimenté un momento memorable en el que el Señor me reveló algo profundo y muy personal. Inmediatamente, tuve un cambio radical de perspectiva que impactó mi forma de vivir.

 

En mis cuarenta y seis años de vida, he sufrido grandes pérdidas.

 

Para que se hagan una idea de cómo es esto…

…Soy la única persona viva que aparece en fotos con mi familia inmediata. Mi madre, mi padre y mi hermana menor ya no están en este mundo y descansan en la presencia de nuestro Señor y Salvador. Mi hermana menor luchó con problemas de salud a lo largo de sus treinta años de vida. Sobra decir que pasé gran parte de mi infancia entrando y saliendo de hospitales, mientras llevaba una carga que mis padres también soportaban.

 

Cuando tenía doce años, mis padres nos dijeron a mi hermana y a mí que habían decidido divorciarse.

 

Más tarde, en 2017, me sorprendió una traición en mi matrimonio, que resultó en un divorcio, dejándome como madre soltera de dos niños uno de cinco y el otro de uno. Mientras me enfrentaba al divorcio, me vi obligada a familiarizarme con términos legales como la crianza compartida, la custodia y la mediación. Llevar mi vida de adultez bajo el control de un sistema judicial no era el sueño que tenía para mí.

 

A pesar de las numerosas desilusiones, mantuve una disposición alegre. Debajo de esto, yacía una carga que no había reconocido, pero que me había acostumbrado a llevar sola.

 

Volviendo a ese momento clave de mi vida. Estaba en un retiro de mujeres, donde nos pidieron que no usáramos nuestros celulares. La primera noche allí incluyó una noche de silencio. Esto significaba no hablar con nadie. Aproveché ese momento de silencio para reflexionar sobre mi vida y escuchar al Señor.

 

Siempre me he tomado en serio mi rol de madre. Considero ese rol es en colaboración con el Señor. Estoy convencida de que Dios me confió y me regaló a mi hijo y a mi hija para que los cuidara y los criara para los propósitos del reino. Y desde mi divorcio, he visto esta colaboración como una crianza compartida con el Señor.

 

En silencio, escuché al Señor susurrarme con mucha ternura… palabras que cambiarían mi vida: «No necesito que seas madre compartida conmigo. Soy tu Padre y tu Proveedor». Inmediatamente me di cuenta de que, por miedo e instinto de supervivencia, había asumido el rol de madre durante décadas.

 

Esta invitación del Señor me fue expresada de una manera con la que me pude identificar personalmente. Él nos conoce tan bien que no debería sorprendernos que nos hable de una manera que nuestro corazón realmente pueda comprender. Cobró todo el sentido del mundo. Pude ver claramente que había asumido el rol de madre y también de cuidarme a mí misma… y lo he hecho por más tiempo del que me gustaría admitir. Tenía miedo de quedarme descubierta. Tenía miedo de quedarme huérfana. Tenía miedo de soltar y dejar que Dios fuera Dios, sobre todo en mi crianza y provisión. Esta clase de entrega parecía radical comparada con la forma de ser del mundo, que idealizaba el ajetreo y la independencia. Me había conformado con una seguridad y un amor falsos en mi desesperado intento por ser mi propia protectora y proveedora.

 

Para identificar dónde se había infiltrado este pensamiento antibíblico en mi vida, recordé mi infancia y el papel que había desempeñado en mi familia. Siempre era el alma de la fiesta, la que mantenía a todos felices. Al compartir esto con mi mentora, me retó a pensar en cómo sería para mí “ayunar de ser vista”. Estar escondida en el Señor. Vivir para una sola audiencia. Dejar atrás la presión del desempeño. Abandonar el espíritu de orfandad. Dejar que el Señor me ame y me guíe.

 

Mientras seguía al Señor hacia la parte trasera de la montaña, experimenté una dulce etapa de entrega. Aprendí que la simple obediencia a la inspiración del Señor ha revelado lo que ningún esfuerzo puede lograr: soy hija de Dios y puedo confiar en Él como mi Padre.

 

Al despojarme de mucha vida y amor, mi fe ha sido puesta a prueba. Es en el fuego donde la mezcla y las transigencias quedan expuestas y vemos de qué estamos realmente hechas. El tesoro no se encuentra afuera, sino escondido en el interior (2 Corintios 4:7-9).

 

Sufrir y ceder requiere fe.

 

He oído decir que si la obediencia es evidencia de nuestra fe, entonces el sufrimiento es la forma en que Dios pretende fortalecerla.

 

Por mucho que nos esforcemos por mantenernos enteros, por no desmoronarnos, la verdadera belleza reside en entregarnos y permitir que nuestro Salvador sufriente se encargue de nuestro dolor. Él sabe cómo lidiar con nuestro quebrantamiento porque se dejó quebrantar primero.

 

Padre de los huérfanos y defensor de las viudas
Es Dios en Su santa morada.—Salmo 68:5

 

¡Oh, qué Padre tan bueno!

Kelli Trontel

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