
Antes de escribir “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”, Pablo era conocido por otro nombre: Saulo. ¿Y en aquella época? No escribía cartas para edificar a la Iglesia. Viajaba de ciudad en ciudad tratando de destruirla.
Cuando leo Efesios 1:1, no puedo evitar hacer una pausa. Este breve saludo es uno de esos que podríamos sentir la tentación de pasar por alto. Pero hay toda una historia detrás de ese único versículo. No es una historia cualquiera. Es una historia de resurrección, un cambio radical y una historia que sólo el evangelio podría escribir.
Pablo escribió la carta a los efesios mientras estaba bajo arresto domiciliario en Roma. Ya no viajaba libremente ni visitaba cara a cara a las iglesias que amaba. Estaba confinado, custodiado por soldados romanos, viviendo en un alojamiento alquilado. Pero aquí está la hermosa ironía: el hombre que una vez encarceló a los cristianos ahora está él mismo encadenado por proclamar al mismo Jesús al que una vez trató de silenciar.
Antes perseguía a los creyentes. Ahora los llama hermanos y hermanas.
Antes intentaba acabar con el mensaje. Ahora vive para difundirlo.
Antes pensaba que la salvación provenía del cumplimiento de las normas. Ahora sabe que proviene de la gracia.
El evangelio no sólo limpió la vida de Pablo, sino que la transformó por completo.
Pasó de respirar amenazas y muerte a respirar gracia y paz.
De arrastrar a la gente a las cárceles a ser arrastrado, ciego y destrozado en Damasco.
De intentar destruir a la Iglesia a dedicar su vida a edificarla.
De confiar en su currículum a depender completamente de la misericordia.
De ser fariseo a depender de la gracia.
De ser espiritualmente ciego pero seguro de sí mismo a ser físicamente ciego pero rendido.
De rechazar a Jesús como un fraude a proclamarlo como Salvador y Rey.
De ver a los cristianos como enemigos a abrazarlos como familia.
De definirse a sí mismo por su desempeño religioso a encontrar su identidad «en Cristo».
De la oscuridad a la luz, tanto en sentido figurado como literal.
Así que cuando Pablo se presenta como apóstol “por voluntad de Dios”, eso significa algo. No es un título que se haya ganado. Es un llamado que recibió cuando menos lo esperaba, en un camino polvoriento, bajo una luz cegadora, con el corazón lleno de odio y una reputación empapada de violencia.
Ahí fue donde Jesús lo encontró.
Y por eso Pablo nunca olvidó la gracia. ¿Te imaginas cómo se sintió al escribir esas palabras? “Gracia y paz a ustedes…”. Gracia: lo que destrozó su orgullo y lo reconstruyó. Paz: el regalo que llegó después de la tormenta.
Este saludo no era una formalidad. Era toda su historia en tres palabras. Si no fuera por la gracia y la paz de Jesús, Pablo seguiría siendo Saulo. Eso es también lo que lo convierte en la persona perfecta para hablarles a los efesios, y a nosotras, sobre la identidad. Cuando Pablo les dice que son “fieles en Cristo Jesús”, no es una ilusión. No los está llamando a actuar o a impresionar. Les está recordando quiénes son ya. Santos, Amados, Elegidos y Redimidos en Cristo.
Y él sabe lo difícil que es creer eso porque también tuvo que aprenderlo.
Pablo pasó años tratando de ganarse la salvación a través del esfuerzo. Pero en el camino a Damasco, fue detenido en seco por Aquel que ya había hecho el trabajo. Fue derribado de su camino, cegado por la luz y humillado. Y luego, de manera igualmente dramática, fue levantado. Fue sanado. Fue llamado. Se le dieron nuevos ojos para ver y un nuevo corazón para seguir a Jesús.
Ese es el poder del evangelio.
No nos pide que nos limpiemos a nosotras mismas. Nos encuentra donde estamos, ya sea ciegas, enojadas, obstinadas o temerosas, y nos lleva hacia la luz.
Quizás hoy necesites recordar esta verdad. Tu pasado no te define. Tus peores días no son demasiado para la gracia de Dios. Tu identidad no está en tu desempeño, tus fracasos o tu reputación, sino en Cristo. Y tal vez, como Pablo, te encuentres en una temporada de espera, en un compás de espera o en una especie de arresto domiciliario en el que tus sueños parecen estancados y tus oraciones parecen no ser respondidas. ¿Puedo recordarte algo? Pablo escribió algunas de sus cartas más poderosas en esa situación.
El evangelio no deja de funcionar solo porque estemos estancadas. La gracia puede encontrarnos en cualquier lugar y transformarlo todo.
Así que tomemos en serio las palabras de Pablo.
No pasemos por alto el saludo. Recordemos que la gracia y la paz no son solo palabras en una página. Son dones comprados con sangre. Son promesas de un Salvador que todavía nos encuentra en caminos polvorientos y días oscuros.
Que caminemos esta semana en esa gracia. Que vivamos como personas redimidas. Y que nunca olvidemos el poder del evangelio.
Ashley Trail





