NUNCA ESTÁS SOLA

 

Posiblemente estas siendo llamada a ir a la sala de tu casa, a tu oficina, o a ver a  aquella amiga que no deja de venirte a tu mente.

 

Quizás ese “ir” sea a los mismos lugares por los que ya caminas, solo que con los ojos abiertos, el corazón ablandado y el valor para pronunciar el nombre de Jesús.

 

 

Jesús no solo nos envía. Tambien se queda con nosotras.

 

 

Las palabras de despedida tienen algo de sagrado. Suelen quedarse grabadas. Tienen peso. Ya sea un susurrado adiós en una habitación de hospital, un encargo de un mentor o incluso una tranquila advertencia a tu hijo cuando se adentra en lo desconocido, las últimas palabras están destinadas a ser recordadas.

Eso es lo que encontramos en Mateo 28. Jesús acababa de conquistar la muerte. La tumba estaba vacia, Y Él se encontró con Sus discípulos en una montaña no para consolarlos en silencio, sino para enviarlos a una misión.

 

“Vayan y hagan discípulos a todas las naciones…”

 

Es audaz. Arrolladora. De alcance cósmico.

 

Pero lo que lo hace aún más impactante es a quién se lo dice.

 

El versículo 17 nos dice que algunos de los discípulos le adoraron… y otros dudaron.

 

Esa frase me impacta cada vez que la leo. Porque me identifico con ella.

 

He tenido momentos de fe inquebrantable y momentos en los que me he preguntado en silencio: ¿Estoy realmente preparada para esto? ¿Y si lo estropeo?

 

Y, sin embargo, esta es la multitud a la que Jesús encarga la misión. No solo a los seguros, sino también a los inseguros. A los indecisos. A los discípulos que estaban a medias, a medias asustados, pero que aun así se presentaron.

 

 

 

LA MISIÓN: GENTE COMÚN, IMPACTO ETERNO

 

Jesús no dijo: “Id y causad impresión”.

Dijo: “Id y haced discípulos”

Y no solo a los conversos o a los asistentes a eventos: nos invita al discipulado: caminar con las personas, enseñarles a obedecer a Jesús y bautizarlas en una nueva identidad.

Es una invitación divina a colaborar con Dios en lo que está haciendo en el mundo. 

Y no requiere un billete de avión ni un título en teología.

Podría ser algo así:

        

  •  Abrir tu hogar para estudiar la Biblia, incluso cuando está desordenado.
  •  Criar a tus hijos para que conozcan a Jesús, incluso cuando estás agotada.
  •  Decir la verdad a una amiga que está sufriendo por un desengaño amoroso.
  •  Dirigir un grupo en la iglesia aunque te sientas poca cualificada.
  •  Compartir tu testimonio en Instagram, incluso cuando te tiembla la voz.

 

El discipulado rara vez es llamativo, pero siempre es sagrado.

 

 

MI CAMPO  MISIONERO TIENE EL TAMAÑO DE LOS PIES D EUNA NIÑA PEQUEÑA

 

Si soy sincera, una de las razones por las que la maternidad ha sido tan agotadora —¡ja!— es porque me ha obligado a estar atenta las 24 horas del día, los 7 días de la semana.

Atenta para enseñarle sobre Jesús.

Sobre cómo contar y cuáles son los colores.

A orar por los demás y ser amable.

A ver el mundo como algo más que ruido de fondo, sino como un lugar donde Dios está presente y nos invita a vivir de manera diferente.

Hoy, la hora de cambiar pañales se convirtió en una lección de contar: contamos los dedos de los pies.

Cuando leemos su libro “Mountain Baby”, nombramos las plantas, las setas, los gusanos, las mariquitas, las flores y el sol.

En el coche, cuando vemos a alguien sin hogar o una ambulancia pasando a toda velocidad, rezamos, con los ojos abiertos, por supuesto.

En el parque, hablamos de lo que significa ser amable y compartir porque eso es lo que haría Jesús.

Le enseñamos que nuestros oídos sirven para escuchar las instrucciones de mamá y papá, igual que Jesús usó sus oídos para escuchar a su Padre y obedecerle, incluso hasta la cruz.

Es difícil. Es hermoso. ¿Y sinceramente? Es santificador.

Porque al discipularla intencionadamente, recuerdo las verdades del Evangelio que yo también necesito.

No solo la estoy formando a ella, sino que también me estoy formando a mí misma.

 

 

UNA METÁFORA DE LA VIDA EN MISIÓN

 

Una vez escuché a alguien describir la Gran Comisión como una tarjeta de embarque. Una vez que la recibes, estás destinada a partir. Pero partir no siempre significa abandonar tu código postal, solo significa dar un paso adelante con intencionalidad. 

“Y tened por seguro esto: yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Eso no es solo un pensamiento reconfortante, es el combustible de nuestra misión. 

Nunca vas sola. Cada conversación, cada acto de obediencia, cada intento desordenado de fidelidad va acompañado de la presencia de Jesús resucitado. 

¿Así que tienes dudas? Estás en buena compañía. 

Y si estás dispuesta a ir, aunque sea cojeando, aunque tengas miedo, ya estás viviendo el llamado.

 

UN DESAFÍO SENCILLO

 

¿Cómo se ve el mandato de  “ir” en tu vida en este momento?

Pídele a Dios que te muestre dónde ya está obrando y cómo podría estar invitándote a unirte a Él.

Y cuando tengas dudas, recuerda: no se trata de ser perfecta. Se trata de estar presente.

Jesús te acompaña en cada paso del camino.

 

Ashley

Estudio Bíblico Relacionado

Recibe nuestras actualizaciones

Recientes