Escogiendo el Camino de Dios

 

Hace poco leí en un periódico nacional que una de las canciones más populares del mundo para karaoke es: A Mi Manera de Frank Sinatra. Lamentablemente, el mismo artículo informa que esa misma canción también es una de las favoritas para quienes celebran un funeral no religioso. ¡Qué declaración más llena de orgullo!

 

Dada la cultura en la que vivimos hoy, esto no es una gran sorpresa. Cada vez más, la sociedad se ha empeñado en defender a las personas que simplemente hacen lo que les parece bien, ya que muchos… (acá falta un pedazo)

 

Desde el comienzo del libro del Génesis, vemos cómo Adán y Eva decidieron que su plan era mejor que el de Dios. Esto continuó con Caín, quien no honró a Dios ni hizo lo correcto, sino que se llenó de ira y celos, lo que llevó al asesinato de su hermano Abel. Todavía estamos en los primeros capítulos del Génesis cuando leemos que Dios se entristeció profundamente porque la humanidad se había vuelto muy malvada y perversa. Tanto es así que incluso se arrepintió de haberla creado y decidió exterminarla totalmente.

 

Oh, decimos, si tan solo la gente se diera cuenta de que los caminos de Dios son los mejores, que Su plan es perfecto y que Él obra todas las cosas para Su gloria y nuestro bien.

 

Sin embargo, ¿podemos detenernos aquí juntas y considerar que quizás a veces, como yo, te has desviado por tu propio camino? ¿Que, en cambio, tomaste las riendas, tras decidir que tu plan era la mejor manera de avanzar? Pero, al final, las cosas no salieron bien.

 

¿Quizás surgió de la frustración porque Dios parecía no responder a nuestras oraciones y esperar era demasiado difícil? ¿Quizás el camino de Dios sencillamente no tenía sentido? ¿O fue que simplemente seguimos los deseos de nuestros corazones pecaminosos y elegimos la independencia desobediente?

 

Cuán agradecidos estamos por el Espíritu de Dios que nos impulsa cuando nos equivocamos, y por la abundante gracia, misericordia y perdón de Dios cuando volvemos a Él en obediencia, reconociendo que Sus caminos realmente son más elevados y mejores que los nuestros.

 

Es un consejo verdaderamente sabio el que leemos en Proverbios 3:5-6, que nos llama a confiar en el Señor con todo el corazón, a no depender de nuestro propio entendimiento, sino a reconocerlo en todos nuestros caminos, sometiéndonos a su Señorío mientras Él nos guía por el camino correcto.

 

Todo lo contrario de las decisiones sabias es lo que leemos en el relato de Génesis 11, la historia que conocemos como «La Torre de Babel». Apenas habían pasado unas pocas generaciones desde la redención divina del Diluvio. Sin embargo, vemos que la gente se había alejado nuevamente de desear la presencia de Dios y de obedecer Sus mandamientos.

 

Dios les había dicho a Adán y a Noé que Su plan para la humanidad era que fueran fructíferos, se multiplicaran y llenaran la tierra. Sin embargo, aquí leemos que el pueblo, en cambio, se asentó en la llanura de Sinar y decidió construir una ciudad y una torre que llegara hasta el cielo.

 

Las Escrituras nos dicen que los materiales que usaron fueron escogidos para establecer un destino permanente e impresionante. Su desobediencia se vio alimentada aún más por el orgullo, pues estaban decididos a hacerse un nombre.

 

Todo giraba en torno a ellos. A su manera. A sus planes. Ellos sabían más. Serían geniales.

 

Así que, en respuesta a su desobediencia pecaminosa y orgullosa, leemos acerca del juicio de Dios sobre ellos cuando intervino y confundió su comunicación, separándolos por idioma y geografía.

 

Entonces el Señor los dispersó desde allí por toda la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se le llamó Babel, porque allí el Señor confundió el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los dispersó por toda la tierra (Génesis 11:8-9).

 

Afortunadamente para todos nosotros, aunque el relato de la Torre de Babel es uno de pecado y juicio, ¡la historia no termina ahí! Al final de Génesis 11, conocemos a Abram y podemos ver cómo Dios, en su plan redentor para la humanidad, demuestra la fidelidad de Su pacto; prometiendo convertir a Abram (cuyo nombre se convertiría en Abraham) en una gran nación, a través del cual todas las generaciones serían bendecidas. 

 

A lo largo del Antiguo y el Nuevo Testamento, vemos el cumplimiento de todas estas promesas, todas finalmente cumplidas en Jesús.

 

Es conmovedor pensar en cómo la historia de Babel encaja en la gran narrativa de Dios. Su plan funcionó a pesar de la confusión que crearon muchos idiomas y de que la gente se dispersara por la tierra debido a su orgullo y desobediencia.

 

Detengámonos un momento y esperemos con ansias el plan perfecto de Dios al vislumbrar la sala del trono celestial, como se describe en Apocalipsis 7:9-10.

 

“Había una multitud enorme, incontable, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero… y gritaban a gran voz: ‘La salvación pertenece a nuestro Dios, al que está sentado en el trono, y al Cordero’”.

 

¡Wow! ¡Qué día tan maravilloso!

 

Mientras tanto, animémonos a seguir confiando en nuestro Dios, Aquel que es lleno de bondad amorosa, eternamente fiel, poderosamente sabio y rico en misericordia.

 

Caminemos, creyendo que Él sabe más y  cumplirá Sus buenos propósitos para quienes ama con un amor incomparable.

 

Bendiciones, 

Katie Shott

 

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