
Una de mis canciones de adoración favoritas se titula “La sangre” El corro dice: “Aleluya sé que fue la sangre, sólo pudo haber sido la sangre”. Mientras leía estos versículos en Efesios, esta canción comenzó a repetirse en mi mente.
Me conmueve el sacrificio y el maltrato que Jesús soportó por mí y por ti. Me supera que el Dios del universo se hiciera carne y eligiera morir una muerte brutal como la de un pecador para reconciliarnos con Él.
Nuestras mentes finitas no pueden comprender plenamente el alcance de esta generosa gracia. Como seres humanos, somos limitadas, egoístas y necias. Como ovejas, olvidamos fácilmente todo lo que Dios ha hecho por nosotras. A menudo se necesitan circunstancias dramáticas para que comencemos a comprender y a volvernos hacia la voluntad y los planes de Dios.
Quizás esa sea una de las razones por las que algo tan significativo como nuestra salvación eterna llegó a través de algo tan impactante como una crucifixión. Porque para ser sinceros, el hecho de que nuestra redención llegara a través de la sangre de Jesús me parece un poco sangriento.
La película “La pasión de Cristo” muestra con precisión histórica lo espantoso, inhumano y salvaje que fue todo lo que Jesús tuvo que soportar. Es difícil de ver, por no decir más.. Pero es cierto..
El Poder de la Expiación
La muerte de Jesús era el único camino hacia la salvación. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser mediante la sangre de Cristo? ¿Cuál es el significado de la sangre? Levítico 17:11 nos dice que “porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas, pues la misma sangre es la que hace expiación por la persona”.
El primer acto de expiación ocurrió en el Jardín del Edén. Adán y Eva desobedecieron a Dios y rápidamente se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron hojas de higuera para cubrir su desnudez. Lo que realmente estaban haciendo era intentar cubrir su pecado.
Dios intervino y les hizo prendas de piel para vestirlos. ¿Alguna vez has pensado en el hecho de que una prenda de piel tendría que provenir de un animal? Para poder usar la piel, un animal tendría que morir. Se habría derramado sangre para cubrir los pecados de Adán y Eva. Incluso en aquel entonces, se trataba del derramamiento de sangre para expiar el pecado.
A lo largo del resto del Antiguo Testamento, el derramamiento de sangre para expiar los pecados de los israelitas fue, bueno, bastante prolífico. Día tras día, año tras año, los sacrificios del Templo implicaban matar, descuartizar y quemar miles y miles de toros, ovejas, cabras, palomas y pichones.
Había sangre sobre y alrededor del altar, los cuernos, el propiciatorio, los postes de la puerta, delante del velo, rociada sobre las cortinas e incluso sobre ciertas partes del cuerpo de los sacerdotes. ¿Te imaginas cómo debía de ser eso? Era un recordatorio muy visual de la gravedad de nuestro pecado. Mostraba a la humanidad que cada pecado debía ser contabilizado. Cada pecado debía ser cubierto por la sangre de un sacrificio perfecto.
El Poder del nuevo Pacto
Sin embargo, estos sacrificios solo cubrían los pecados temporalmente. Eran un presagio de lo que Cristo haría de una vez por todas en la cruz. Así que cuando Jesús llegó a la “administración de la plenitud de los tiempos”, vino como mediador del Nuevo Pacto.
El Antiguo Pacto, el Pacto Mosaico, creó el sistema de sacrificios. El Nuevo Pacto fue inaugurado por la sangre de Jesús. Promete que nuestros pecados serán perdonados por completo. Conoceremos la ley de Dios en nuestros corazones. Se nos dará un corazón de carne en lugar de uno de piedra, y el Espíritu Santo nos guiará en toda la verdad (Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:26-27)
El Poder de la Reconciliación
El libro de Hebreos dice que “pues el testamento solo entra en vigor cuando muere el que lo hizo, y no es válido mientras el testador esté vivo” (9:17). Cuando Dios hizo un pacto con Abraham, estableció un testamento con la humanidad. Ese testamento solo podía entrar en vigor tras la muerte del que lo había establecido. Pero el que lo estableció fue Dios mismo.
Él sabía desde el principio que, para que pudiéramos reconciliarnos con Él y alcanzar la salvación eterna, tendría que sacrificarse a sí mismo. Por eso Él vino a nosotras por su propia voluntad en la persona de Jesucristo, tomando carne humana y derramando su sangre santa.
Dios hizo por nosotras lo que nunca podríamos haber hecho por nosotras mismas. Él expió nuestros pecados y nos abrió el camino de regreso a Él. Nos convirtió en hijos e hijas del Rey de Reyes, herederos de las grandes riquezas de nuestro Padre celestial.
Es en estas verdades, en que la sangre de Cristo ha expiado nuestros pecados para que podamos reconciliarnos con Dios y vivir de una manera que lo honre, donde encontramos propósito y vida. Que nunca nos cansemos de la sangre de Cristo.
Melinda Choi





