El Gran Tabernáculo

A menudo imagino la belleza del santuario como la de una catedral famosa o como las vidrieras centenarias que adornan las paredes de una iglesia antigua. Su belleza y su ornamentación te cautivan, te hacen sentir humilde, te dejan boquiabierta y, en última instancia, te impulsan a adorar. Puedes sentir la trascendencia y la inmanencia de Dios al mismo tiempo. Piensa en Notre Dame. La gente viaja desde todas partes del mundo para contemplar su belleza.

 

Creo que esta experiencia y este anhelo universal nos enseñan algo sobre todos aquellos que han sido creados a imagen de Dios. Nos dicen que queremos adorar y contemplar lo bello. Queremos sentarnos en presencia de algo que nos haga sentir pequeñas e insignificantes, al tiempo que experimentamos su grandeza de cerca y de forma personal.

 

 

Los Límites de la cercanía de Dios en el Tabernáculo

 

Ahora imagina que eres una de las israelitas, el pueblo elegido de Dios. Yahvé te ha liberado de la esclavitud en Egipto, ha abierto el Mar Rojo, te ha proporcionado maná del cielo y te está guiando hacia la tierra que prometió a tu antepasado, Abraham. Por fin vivirás como Su pueblo en Su tierra.

 

Ahora te da instrucciones para la construcción del tabernáculo, un santuario maravillosamente detallado donde Yahvé morará con Su pueblo. En Éxodo 25:22, le dice a Moisés que en el tabernáculo “allí me reuniré contigo”. En medio del oro, las joyas, los cortinajes y las hermosas estructuras, Yahvé estaría allí.

 

Pero Yahvé no se encontraba con Moisés en cualquier lugar del tabernáculo. Enseguida se ve que los lleva de vuelta al Edén. Les recuerda que, debido a su pecado, ya no tienen acceso a la presencia de aquel que los creó. El arca de la alianza se encontraba en el lugar santísimo. Estaba custodiada por querubines. El sumo sacerdote sólo podía acceder a Yahvé mediante el sacrificio (Éxodo 25:17-22).

 

Los querubines que custodiaban el arca del testimonio en el Lugar Santísimo del Tabernáculo seguramente habrían recordado a los israelitas a su primer hermano, Adán. Este fue expulsado del jardín, que estaba custodiado por querubines para que ni él ni Eva pudieran volver a entrar (Génesis 3:24).

 

No es de extrañar que los israelitas quisieran estar cerca de Dios, pero tuvieran tanto miedo de acercarse a Él. La santidad de Yahvé se manifestaba plenamente en la morada del tabernáculo. Dios estaría con su pueblo, pero aún así había fronteras y límites a la cercanía a la que podían llegar debido a su pecado.

 

El lugar de morada móvil y temporal siempre tuvo por objeto apuntar hacia algo más grande. Los sacrificios sacerdotales anuales nunca iban a ser suficientes para expiar los pecados de Israel, por lo que no podían estar cerca de Dios para siempre, tal y como estaba previsto. Estaban condenados a seguirle y a temblar, a menos que Dios hiciera algo más.

 

 

La Cercanía de Cristo

 

En Cristo, Dios nos ha dado algo más grandioso que la majestuosidad del tabernáculo. Todas las instrucciones de Éxodo 25-27 son hermosas, pero lo que tenemos en Cristo es más hermoso y más seguro que una morada construida por manos humanas. Hebreos 9:11-12 dice: “Pero Cristo ya ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. Él, a través del tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas, es decir, que no es de este mundo creado, entró una sola vez y para siempre en el Lugar santísimo, y no por medio de la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por medio de su propia sangre, y así obtuvo para nosotras la redención eterna”.

 

¡No tenemos que montar una tienda de campaña dónde está Dios, porque Él ha establecido su morada en nosotras! A través del Espíritu Santo, somos guiadas a toda la verdad, la vida y el conocimiento de Dios. A diferencia de Israel, no tenemos que presentarnos preocupadas por si hemos infringido las normas o sí nuestros pecados son demasiado graves. Como sacrificio perfecto y Sumo Sacerdote, Cristo fue capaz de derribar el muro de hostilidad que separaba a Dios de su pueblo. Ahora podemos acercarnos al trono de la gracia con confianza (Hebreos 4:14-16). Como la sangre de Cristo cubre el propiciatorio, nuestros pecados son perdonados de una vez por todas.

 

¡Qué hermosa noticia es esta! En Cristo, podemos disfrutar para siempre de la gloria y la cercanía de Yahvé. Hebreos 10:19-23 nos dice cómo debemos responder a todo lo que se ha logrado por nosotras en Cristo, diciendo: “Así que, hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su cuerpo. También tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios. Acerquémonos, pues, con corazón sincero, llenos de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la esperanza que profesamos, porque fiel es el que ha hecho la promesa”.

 

Jenna Rea

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