Corazones Transformados

 

Muchos de nosotros todavía podemos recordar las frases que escuchábamos a nuestros padres decir con frecuencia. A medida que hemos crecido, incluso nos hemos encontrado repitiéndolas. Mis hijos se ríen cuando me escuchan decir: “Vamos saliendo como una manada de tortugas.” Todavía puedo ver la expresión de mi mamá cuando solía decirlo mientras por fin lográbamos abrocharnos los cinturones del auto, generalmente unos 15 minutos tarde.

 

También me da un poco de nostalgia cuando mis hijos se quejan algunas mañanas al abrirles las cortinas con un alegre y entusiasta: “¡Arriba y a brillar para Jesús!” Pero había una frase que me prometí a mí misma que nunca diría.

 

“Porque yo lo digo.”

 

Como mamá de dos niños pequeños, me he dado cuenta de algo: “porque yo lo digo” casi nunca era la primera respuesta, sino el último recurso.

 

He experimentado el agotamiento mental de explicar por décima vez en una sola mañana por qué mi hijo no puede jugar a las espadas con tijeras. Finalmente me encuentro diciendo: “porque soy la mamá, y yo lo digo.” A pesar de que ciertamente soy la madre y tengo autoridad dada por Dios sobre mis hijos, y establezco estas reglas porque los amo y quiero lo mejor para ellos, ellos no lo ven de la misma manera. Lo ven muy parecido a como yo lo veía cuando era niña: como una respuesta evasiva.

 

Por más agotador que sea seguir explicando una y otra vez el porqué, quiero que entiendan el corazón detrás de mis reglas. En última instancia, deseo que crezcan creyendo también en el corazón de Dios detrás de Sus mandamientos.

 

 

El Razonamiento de Dios para Sus Mandamientos

 

Cuando empezamos a cuestionar por qué debemos obedecer a Dios o cuestionamos la razón detrás de Sus mandamientos, Dios podría decir: “porque yo lo digo.” Porque el Creador todopoderoso y omnipotente del mundo lo dijo. Si alguna autoridad tuviera el derecho de usar esta frase, sería Dios. Pero a lo largo de toda la Escritura, vemos que Dios no toma el camino fácil. Él es fiel en revelarnos por qué ha elegido los mandamientos que ha establecido.

 

Piensa por un momento en la lectura del miércoles.

 

“‘Ahora pues, si de veras escuchan mi voz y guardan mi pacto, ustedes serán mi especial tesoro entre todas las naciones, porque mía es toda la tierra; y ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.’ Estas son las palabras que dirás a los israelitas.” (Éxodo 19:5-6)

 

La obediencia fue solicitada no simplemente porque Dios lo dijo, aunque eso sería razón suficiente, sino porque Dios tiene una relación personal con Su pueblo. A través de su obediencia, otros llegarán a conocer el corazón de Dios.

 

 

Meditando en el Corazón de Dios

 

La lectura de hoy nos lleva aún más profundo al corazón de Dios. Mientras la leemos, podemos meditar en el corazón y la razón detrás de cada una de las normas.

 

Tomemos como ejemplo una parte del versículo de hoy. Dios le dice a Su pueblo que se mantenga alejado de acusaciones falsas. Naturalmente podríamos preguntar: “¿por qué?” Porque a Dios le importa que la verdad prevalezca y la integridad de Su pueblo. Vemos esto confirmado a lo largo de las Escrituras (Juan 14:6; Proverbios 12:22; Salmo 101:7).

 

Te animo a que tomes unos minutos para leer estos capítulos. Escoge un par de mandamientos y, en oración, pídele a Dios que te muestre Su corazón detrás de cada uno.

 

Algunos ejemplos de mi propio tiempo en los capítulos de hoy son:

 

  • Porque a Dios le importan los pobres, los débiles y los oprimidos.
  • Porque a Dios le importa la justicia y la santidad.
  • Porque a Dios le importa que, a través de Su pueblo escogido y apartado, otros vean Su gloria.
  • Porque a Dios le importa la compasión y la bondad.
  • Porque a Dios le importa que comprendamos la gravedad del pecado.
  • Porque a Dios le importa que las familias estén saludables.
  • Porque a Dios le importa el extranjero.
  • Porque a Dios le importa la santidad de la vida.

 

Meditar en el corazón de Dios también significa meditar en el estado de nuestro propio corazón. A través de la ley, vemos las prioridades de Dios. Vemos Su estándar. Vemos Su perfecta rectitud y justicia. Por medio de la ley, vemos el corazón perfecto de Dios.

 

Pero a través de esa misma ley, también vemos nuestro propio corazón quebrantado. Él sabía que no podíamos cumplir la ley. La ley fue dada para que pudiéramos ver el corazón de nuestro Salvador, así como nuestra propia fragilidad y necesidad de un Salvador. Cuando decidimos poner nuestra confianza en Jesucristo, nuestros corazones son transformados para ser como el Suyo. Volvemos a preocuparnos por las mismas cosas que le importan a Dios una vez que hemos recibido el perdón por medio de la justicia de Jesús.

 

Y ahora, hermanas creyentes en Cristo, nosotras también podemos decir que nuestros corazones están a favor de los débiles y oprimidos, de la justicia y la misericordia, de la integridad y la verdad, de la santidad de la vida y de mucho más, por el poder de un Dios amoroso.

Andrea Lopéz

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